El desafío migratorio
Uno de los principales problemas y desafíos que tiene España en la actualidad es el de la inmigración. En las últimas semanas hemos podido ver el proceso de regularización masiva que ha puesto en marcha el gobierno socialista de Sánchez, así como la introducción del concepto “prioridad nacional” que ha propuesto VOX.
Desde aquí pretendo abordar el fenómeno de la inmigración
con rigor y responsabilidad, tal como deberían hacer nuestros gobernantes, y
desde una perspectiva cristiana, ya que como católico siempre basaré mis
propuestas en el Evangelio y en el Magisterio de la Iglesia.
Me preocupa la falta en muchas personas de un mensaje
cristiano coherente, que respete la dignidad de las personas y sus derechos
básicos, por supuesto incluyendo a los inmigrantes, pero también la
responsabilidad y el no caer en discursos buenistas que nada tienen de cristiano.
Y me preocupa sobremanera que algunos pastores de la Iglesia hayan sustituido
la moral y el mensaje cristiano por alegatos buenistas y demagógicos.
En España estamos sufriendo un grave problema con la
inmigración masiva que nos llega, todo país debe asumir una cierta cuota de
extranjeros que llegan al país, conviven, se integran y después o bien hacen su
vida en el país que los ha recibido integrándose en el mismo o bien vuelven a
su país de origen. No negaremos el fenómeno migratorio, sería estúpido hacerlo,
pero igual de estúpido es pretender que un país reciba oleadas de personas de
forma masiva sin ninguna consecuencia.
La caridad, nos enseña la Iglesia, tiene un orden. Santo Tomás
de Aquino desarrolla el principio del ordo caritatis, un concepto más concreto
y específico que desarrolla el ordo amoris de San Agustín, que es el que
determina el orden de nuestros amores, ¿qué debemos amar más?; el ordo
caritatis nos indica que en la caridad hay un orden que implica primero un
deber especial de cuidado hacia la familia, la comunidad y la nación propia,
antes que a los extraños, sin, por ello, excluir el amor universal. En el orden
político supone cuidar y proteger a tus nacionales en primer lugar. Fomentar la
inmigración masiva y descontrolada es el discurso buenista basado en una falsa
preocupación por los de fuera, pero obviando tu deber de cuidar a los tuyos,
pues esta inmigración masiva tiene consecuencias negativas: saturación de los
servicios públicos, tensionar el acceso a la vivienda o el aumento de la
inseguridad y afectación a la pacífica convivencia. No hay nada de cristiano en
que los españoles, y especialmente las clases trabajadoras y medias, vean sus
barrios degradados, sus servicios públicos saturados o tengan miedo de salir a
la calle.
Un Estado y un gobernante que se guíe por el Evangelio debe
proteger en primer lugar, en base al orden en la caridad, a sus propios
compatriotas, especialmente a los más vulnerables. Garantizar un acceso a
servicios públicos de calidad y a prestaciones sociales, el acceso a la
vivienda, garantizar unos barrios dignos y seguros y un sueldo digno para los
trabajadores. No garantizar esto y pretender vender una solidaridad con los
inmigrantes es una grave falta de caridad, enmascarada en un falso buenismo
hipócrita que no es cristiano y es profundamente inmoral.
El Catecismo de la Iglesia Católica nos da la clave de como
una sociedad católica debe abordar esta cuestión. Por un lado, las naciones
prósperas deben acoger a los extranjeros que buscan seguridad, pero
reconociendo el derecho de los Estados a regular sus fronteras por el bien común;
es decir, la propuesta de fronteras abiertas no es concebible desde la
perspectiva católica. Por otro lado, se nos indica que los Estados deben
subordinar los flujos migratorios a la salvaguarda de su sociedad. Precisamente
estamos ante lo que comentábamos anteriormente, no podemos fomentar una
inmigración que cause perjuicios en la sociedad de acogida.
Por ejemplo, las regularizaciones masivas llevadas a cabo
por este gobierno son profundamente contrarias a la doctrina católica, por eso
preocupa que algunos pastores sean tan irresponsable y tan poco cristianos de
apoyarlas. No se somete a lo que nos enseña la Iglesia, preservar el bien común
y la seguridad del país receptor. Estas regularizaciones traerán consigo las
consecuencias negativas antes explicadas, y van en contra del bien común de
nuestro país.
Esto no va en contra de ser conscientes de que recibimos
muchas personas que intentan entrar en nuestro país y que deben ser tratadas
con dignidad y respetando sus derechos básicos. No es cristiana, cualquier otra
propuesta, pero respetar su dignidad no implica mantenerlo en nuestro país ni
darle los mismos derechos de los que goza un español, más allá de garantizar,
obviamente, los derechos fundamentales de los que gozamos cualquier persona por
el hecho de ser persona.
También habría que abordar el problema desde una perspectiva
de los países de origen. Por ejemplo, recientemente el Santo Padre León XIV
habló sobre la despoblación de muchos países de África por la pérdida de su
capital humano, y animó a los jóvenes africanos a servir a su país. Esto va muy
unido con el “derecho a no emigrar” que en su día proclamó San Juan Pablo II.
Las naciones ricas sí tenemos la obligación de ayudar, en la medida de nuestras
posibilidades, a estas naciones más pobres para que puedan llevar a cabo su
desarrollo, no se trata de darles recursos sin más, sino enseñarles a como
mantener y llevar a cabo esos proyectos de desarrollo económico, educativo y
social. Hay que dar la oportunidad a que estas personas se desarrollen en su
propia tierra y con su gente.
Por todo ello, como cristianos debemos tener una
sensibilidad especial ante este fenómeno. Debemos huir de propuestas
anticristianas a un extremo y al otro, desde aquellas que defienden fronteras
abiertas y promueven la inmigración masiva, que perjudican al país receptor y a
los nacionales de estos, como también de aquellas que niegan la dignidad de las
personas inmigrantes.
En el caso de España tenemos como defensores de las primeras
a los partidos de izquierdas, básicamente por táctica electoral y la carencia
de unos valores cristianos; a la patronal, porque les interesa la mano de obra
barata y se niega a pagar a la clase trabajadora española sueldos dignos; y, lo
más preocupante, hemos visto como ciertos pastores de la Iglesia, no todos
gracias a Dios, han asumido este discurso tan alejado de los principios
cristianos.
Quienes defendemos un discurso responsable en esta materia
empezamos a ser muchos, y en España no encontramos el discurso que niegue la
dignidad y los derechos de los inmigrantes, por mucho que los sectores
inmigracionistas acusen a cualquiera que cuestione sus dogmas de ello. Pero no
por ello, los cristianos debemos vigilar que la sociedad no caiga en ninguno de
los extremos.
Por otra parte, me gustaría abordar el concepto de
“prioridad nacional” que ha puesto sobre la mesa VOX. Es una medida necesaria y
que traslada muy bien al ámbito político el principio teológico del “ordo
caritatis”. Primero el Estado debe garantizar la protección y los derechos a
sus nacionales, antes que al extranjero. Negar este principio es negar la
caridad y la justicia, y, por lo tanto, creo que VOX ha dado en el clavo con la
introducción de este concepto en las políticas públicas. Hay que destacar que
prioridad nacional no significa exclusividad nacional, es que los españoles
deben ser los primeros receptores de los servicios y prestaciones sociales, no
significa excluir a nadie, es dar ejercer un orden a quien debemos ayudar
primero.
Hay que abordar el debate con serenidad, buscando la
verdadera caridad y justicia, y con prudencia; quienes como cristianos nos
guiamos por el Evangelio debemos iluminar este debate, saber compaginar el bien
común de nuestra Patria y la protección de nuestros compatriotas, con la
dignidad de las personas inmigrantes y la solidaridad con los países más pobres,
y eso supone alejarnos de las posturas inmigracionistas, del fomento de la
inmigración masiva y de la política de fronteras abiertas, así como de aquellas
que no respetan la dignidad de las personas.
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