viernes, 20 de noviembre de 2009

La tauromaquia y los antitaurinos

No soy yo muy aficionado a las celebraciones taurinas. Con esto quiero decir que no sigo estos espectáculos. Eso sí me parece una fiesta muy bonita, una bonita tradición, quizás uno de los espectáculos más bellos con mayor sentimiento, tradición, cargado de sentido. Realmente me parece muy bello. A pesar de que a mi corta edad esta fiesta no me ha interesado, desde hace poco tiempo me empieza a suscitar cierto interés. Seguramente no me convierta en un entendido, pero quizás sí en un humilde espectador, que se interese por esta fiesta, tampoco creo que se convierta, y no será así, en una de mis principales aficiones, pero sí en un pequeño interés. Uno de los principales factores de éste interés proviene de los antitaurinos. Ellos me han hecho por completo defender esta fiesta, aunque no sea una afición mía, y por supuesto interesarme en éste espectáculo. Así que poco a poco se despierta un interés por el mundo taurino en mí.

El mundo taurino es un mundo bello, con un cargado significado, el enfrentamiento hombre-bestia, razón contra fuerza bruta, un ritual bello y precioso, que sólo con asomarme, como he hecho, veo su grandiosidad y su hermosura. Su implantación en nuestra cultura, creo que es una de las más bellas tradiciones. El mundo taurino es la tradición, el arte, la cultura, el mundo antitaurino es la pseudoprogresía, el insulto, el odio. Por un lado tenemos el traje de Armani, el mercedes, el puro, por otro la sudadera y tejanos del mercadillo, la bicicleta y el porro. El acudir tranquilamente a la plaza una tarde sin meterse con nadie y disfrutar de nuestra cultura o el manifestarse, liarla, insultar, agredir fuera de la plaza. Por un lado tenemos a Sánchez Dragó, Boadella, Gimferrer, Eduardo Mendoza, y un largo etcétera, y por otro a Alaska, Silvia Marsó, Ska-P,... Yo amo la cultura, por eso me voy con el primer grupo. Mi propio honor y orgullo me impiden asociarme al grupo antitaurino. Mi amor al arte y a la cultura me impiden apoyar consignas antitaurinas. El ver en la tauromaquia parte de nuestra cultura, de nuestra tradición, la esencia de un pueblo, de su arte y de su cultura. Esos que se manifiestan en las afueras de las plazas, normalmente no conocen nuestra arte y nuestra cultura.

Pienso yo que detrás de éste fenómeno aparte de una latente carencia de conocimiento de nuestra cultura y una falta de sensibilidad abrumadora, también se esconde un resentimiento social, el querer y no poder, y envidiar al que puede. Es el no poder acudir a una plaza de toros a contemplar tan bello espectáculo, es el no poder codearse con los que pueden ir, es el cobrar seiscientos euros al mes, el tener que ir en bicicleta, el tener un piso de 20 metros cuadrados que nunca será tuyo, es el fracaso vital, y con ello la envidia, el resentimiento, son la muestra del desprecio de la cultura del esfuerzo. Dentro está el triunfo, el haber logrado tus metas, fuera se manifiesta la envidia y el resentimiento, el fracaso y los fracasados ¡Larga vida a la Tauromaquia! ¡Viva la cultura, el arte y la tradición!

"Creo que los toros es la fiesta más culta que hay en el mundo" Federico García Lorca

Pondré el bello poema de García Lorca dedicado a su amigo Ignacio Sánchez Mejía, torero, escritor y miembro de la Generación del 27. Sólo incluiré un pequeño trozo del mismo.

¡Que no quiero verla!

Dile a la luna que venga,

que no quiero ver la sangre

de Ignacio sobre la arena.

¡Que no quiero verla!

La luna de par en par.

Caballo de nubes quietas,

y la plaza gris del sueño

con sauces en las barreras.

¡Que no quiero verla!

Que mi recuerdo se quema.

¡Avisad a los jazmines

con su blancura pequeña!

¡Que no quiero verla!

La vaca del viejo mundo

pasaba su triste lengua

sobre un hocico de sangres

derramadas en la arena,

y los toros de Guisando,

casi muerte y casi piedra,

mugieron como dos siglos

hartos de pisar la tierra.

No.

¡Que no quiero verla!

Por las gradas sube Ignacio

con toda su muerte a cuestas.

Buscaba el amanecer,

y el amanecer no era.

Busca su perfil seguro,

y el sueño lo desorienta.

Buscaba su hermoso cuerpo

y encontró su sangre abierta.

¡No me digáis que la vea!

No quiero sentir el chorro

cada vez con menos fuerza;

ese chorro que ilumina

los tendidos y se vuelca

sobre la pana y el cuero

de muchedumbre sedienta.

¡Quién me grita que me asome!

¡No me digáis que la vea!

No se cerraron sus ojos

cuando vio los cuernos cerca,

pero las madres terribles

levantaron la cabeza.

Y a través de las ganaderías,

hubo un aire de voces secretas

que gritaban a toros celestes,

mayorales de pálida niebla.

No hubo príncipe en Sevilla

que comparársele pueda,

ni espada como su espada

ni corazón tan de veras.

Como un río de leones

su maravillosa fuerza,

y como un torso de mármol

su dibujada prudencia.

Aire de Roma andaluza

le doraba la cabeza

donde su risa era un nardo

de sal y de inteligencia.

¡Qué gran torero en la plaza!

¡Qué buen serrano en la sierra!

¡Qué blando con las espigas!

¡Qué duro con las espuelas!

¡Qué tierno con el rocío!

¡Qué deslumbrante en la feria!

¡Qué tremendo con las últimas

banderillas de tiniebla!

Pero ya duerme sin fin.

Ya los musgos y la hierba

abren con dedos seguros

la flor de su calavera

Y su sangre ya viene cantando:

cantando por marismas y praderas,

resbalando por cuernos ateridos,

vacilando sin alma por la niebla,

tropezando con miles de pezuñas

como una larga, oscura, triste lengua

para formar un charco de agonía

junto al Guadalquivir de las estrellas.

¡Oh blanco muro de España!

¡Oh negro toro de pena!

¡Oh sangre dura de Ignacio!

¡Oh ruiseñor de sus venas!

No.

¡Que no quiero verla!

Que no hay cáliz que la contenga,

que no hay golondrinas que se la beban,

no hay escarcha de luz que la enfríe,

no hay canto ni diluvio de azucenas,

no hay cristal que la cubra de plata.

No.

¡¡Yo no quiero verla!!

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